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Alfonsina, el mar y el derecho a una vida que merezca vivirse

No permitamos que el capitalismo condene la vejez. En épocas de cuarentena reproducimos unas palabras reflexivas sobre la vejez, la enfermedad y el legado de las nuevas generaciones.

Lamia Debbo

Estudiante de Comunicación Social - UNJu

Jueves 2 de abril | 18:32

Soñé que había niños corriendo felices hacia el mar, durante un atardecer cálido. Mientras yo caminaba por la playa, de fondo sonaba Alfonsina y el mar en la voz de Mercedes Sosa.

Al llegar a destino, me encontré -en el sueño- con mi abuela que estaba mudándose sola, tengo la sensación de reconocer el lugar, y alguna vez haber estado allí. En fin, desperté después de que nos subimos por un ascensor y ella estaba totalmente consciente.

Mi abuela tiene demencia hace algunos años. En parte me crío junto con mi mama, cuando nos quedamos sin casa nos abrió sus puertas y compartimos muchos años un hogar, mi abuela fue muchas veces mi refugio.

A veces, cuando cortaban la luz en casa, solía contarnos historias de su juventud, como cuando su primo Antenor le leía las cartas que le enviaba mi abuelo.

También, a veces, rememoraba una niñez plagada de miseria, en el campo tucumano, trabajando junto a sus hermanos en el surco y moliendo maíz. "Por eso tu tía Marta tiene artrosis", afirmaba con el exhalar de un aire espeso que dibujaba nostalgia en ese momento.

Hija de “la Yaya”, una gitana que se instaló en el campo tras casarse, siendo adolescente, con un hombre 20 años mayor, cuando sus padres murieron y sus hermanos se dispersaron por otros lugares.

Madre de mi madre, a quien siempre le reivindicó su fortaleza; comenzaba narrando la anécdota en la que mi vieja a los 3 años soportó un poco más de un año enyesada desde los pies al pecho, después de un accidente. Una carga compartida forjó su vínculo.

Mi abuela siria, fue esposa de mi abuelo y, como muchas mujeres, tuvo un matrimonio encerrado en infelicidades, a veces también él la golpeaba. Siempre me recomendó contra el matrimonio, yo pienso que sus experiencias fueron su única escuela el la vida y es lo único que pudo legar.

Hace unos años pasé por su casa camino a la parada, y como ella estaba en la puerta me acerque a saludarla, pero comenzó a llorar. Me dijo, a sus 70 años, que tenía miedo de estar sola, que no soportaba la soledad y eso bastó para que se me destroce el corazón. Me invadió una sensación de injusticia, de ese caldo que hacer hervir la sangre.

La abracé, le di un beso y ella me miró a los ojos, y aún con lágrimas me preguntó: "¿Qué haces aquí? ¿Qué pasa?"

Se había olvidado de todo, me di cuenta por su mirada, estaba perdida, estaba olvidando, de su mente se había borrado ese miedo a la soledad. Me sentí contrariada, entre explicarle lo que había sucedido y ubicarla en su angustia nuevamente, o guardar solo para mí -como un secreto- esas angustias con el riesgo de no enfrentarnos al olvido. No sabía que podía pasar.

No es sólo la biología en general y un virus en particular, lo que castiga a la vejez. Es este orden social, este miserable sistema, son sus Estados y sus gobiernos, que en algunos países tienen políticas criminales contra la vida de millones..

Al tiempo le diagnosticaron Alzheimer. Con más tiempo olvidó muchas cosas y su estado avanzó en demencia senil.

A veces está en la casa, tranquila, y formula palabras para hablar, pero cambia el sentido de la conversación momento a momento. No se entiende qué quiere expresar. Se guarda cosas en el corpiño, y tiende a intentar escaparse de todos los lugares a los que la llevan. Ella dice que busca su hogar.

Mi abuela, como muchos ancianos y ancianas, no merece morir. Yo recuerdo su frágil y dura existencia y la pienso en el mundo hoy, azotado por una situación de catástrofe, donde esta pandemia se está llevando a muchos abuelos. Que no se enferme, pienso.

Pero no es sólo la biología en general y un virus en particular, lo que castiga a la vejez. Es este orden social, este miserable sistema, son sus Estados y sus gobiernos, que en algunos países tienen políticas criminales contra la vida de millones, como decidir quién vive o quién muere, como transmitir un lógica sobre que los viejos tienen que jugársela por los jóvenes, dando su vida.

La situación es de vida o muerte, eso resuena en la cabeza de millones al menos una vez al día. No queremos que haya más muertes por esta enfermedad. Más lo que realmente si debe morir es el capitalismo que enferma al mundo y destruye nuestro planeta.

Obreras y obreros del mundo tienen que saber, en este caso, que ellas y ellos posibilitan y generan los latidos del corazón, no puede ser más contra sus propias vidas!

Es el peligroso mensaje que los grandes medios no quieren confirmar, porque afecta al 1% más rico de la población mundial: ¡Este sistema no va más!. Por el contrario los grandes medios inyectan a la población de escepticismo en la humanidad, de odio a los pobres, de intolerancia contra la clase obrera. El doble filo de mensajes peligrosos, en este último caso, contra las mayorías.

En algunos lugares del mundo, la clase obrera está motorizándose ante esta grave situación de vida o muerte, reclaman por su salud y la de sus familias por ende, reclaman por la vida. Pero también en algunos lugares, la clase obrera muestra que su interés no termina en sus propios hogares, y se organizan sin mezquindad para producir herramientas que ayuden a combatir esta pandemia, para ayudar a más personas, a quienes peor están.

Esto ocurre también en el pleno corazón del sistema, en países como Estados Unidos, sectores de la clase obrera levantan reclamos por la vida de las mayorías. Obreras y obreros del mundo tienen que saber, en este caso, que ellas y ellos posibilitan y generan los latidos del corazón, no puede ser más contra sus propias vidas! No se puede permitir que en una situación de vida o muerte, los gobiernos pongan una balanza para que pese más la propiedad privada de los ricos, que nos califican a las personas como productivas e improductivas.

Es este momento pienso en mi abuela, y en toda su generación. Muchas y muchos tenemos una abuela siria, cuya mirada transmite la suavidad necesaria de una brisa que envuelve la piel contra cualquier aspereza, que visten nuestras propias miserias de mar.

Nuestras abuelas y abuelos no merecen morir, al contrario su vida merece arte y poesía, y que en todo caso la muerte no sea para ellos la obligación de morir, y sea para ellas y ellos un andar cargado de bellos, felices, nostálgicos y profundos recuerdos, como el andar de Alfonsina en la canción.

Pelear contra este destino que impone el capitalismo a la vejez tiene que ser parte del legado de la juventud y las nuevas generaciones, en épocas de catástrofe, para transformarlo todo, y ofrecer en cambio, una vida que merezca ser vivida.







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