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CRISIS UCRANIA

Conflicto Ucrania-Rusia: una tregua frágil

Después de 17 hs de negociación en Minsk, los líderes de Alemania, Francia, Rusia y Ucrania llegaron a un acuerdo de cese del fuego en el conflicto que mantiene Ucrania con la región separatista pro rusa de Donbass, que entraría en vigencia el 15 de febrero. Si bien este resultado es un respiro para la línea diplomática europea, se trata de un acuerdo precario que difícilmente alcance para resolver el peor enfrentamiento entre Rusia y occidente desde el fin de la guerra fría.

Viernes 13 de febrero de 2015 | Edición del día

FOTO: REUTERS

La reunión maratónica que empezó en la tarde del 11 de febrero y culminó al filo del amanecer del día siguiente, se realizó a puertas cerradas. Solo estaban Merkel, Hollande, Putin y Poroshenko. Pero algunos asesores filtraban en las redes sociales que el clima que se vivía en el Palacio de la Independencia de Minsk era lo más parecido a una “guerra de nervios”.

Al final, no hubo conferencia conjunta. El documento lo firmaron representantes de segunda línea del gobierno ucraniano y los separatistas de la pro rusa República Popular de Donetsk, con la mediación de la Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa (OSCE). Una Ángela Merkel trasnochada anunciaba que se abría “una luz de esperanza”, mientras que Hollande se encargaba de aclarar que no tenían “ilusiones”, poniendo en el eje más que en los logros, en el arduo trabajo que queda por delante para que la negociación pase del papel a los hechos. Y por separado Putin y Poroshenko destacaron las partes que se refieren a sus respectivas demandas.

El acuerdo es en gran medida similar al que ya se había firmado en Minsk el 5 de septiembre de 2014 pero que ninguna de las partes estaba dispuesta a cumplir. Entre sus 13 puntos se destacan: cese del fuego a partir de la 0 horas del 15 de febrero; retiro del armamento pesado en una zona fronteriza de 50 km de ancho, que debería comenzar el 17 de febrero y completarse en dos semanas; retiro de todas las milicias extranjeras (léase rusas) que operan en territorio ucraniano; control de Ucrania de su frontera con Rusia; descentralización de las regiones separatistas; levantamiento de restricciones económicas impuestas por el gobierno ucraniano a las provincias separatistas de Donetsk y Luhansk, a las que además se les reconoce un grado mayor de autonomía, que deberá definirse en una futura reforma constitucional.

En lo que hace a las cuestiones más espinosas, como el estatus final de las regiones separatistas –es decir, qué grado de autonomía tendrían con respecto al gobierno ucraniano- o de las ciudades tomadas por las milicias separatistas que amplían la zona de autonomía (unos 500 km2 con respecto a los acuerdos de septiembre), el documento permanece ambiguo. Por lo que mientras Putin pone el énfasis en la autonomía, Poroshenko resalta la unidad territorial y el control de las fronteras por parte de Ucrania.

Aunque aún es pronto para hacer una evaluación, incluso para saber si este acuerdo se va a implementar o no, un primer análisis sugeriría algunos elementos:

El dúo europeo Merkel-Hollande ganaron algo de tiempo, pero no pudieron revertir el hecho de que su política es impotente para resolver el conflicto.

En el corto plazo, frente a la presión de Estados Unidos, Alemania y Francia pueden decir que frenaron la escalada del conflicto y disuadieron a Obama de enviar armamento defensivo a Ucrania, una política que también tiene contradicciones para el gobierno norteamericano. Evitaron también que la escalada del conflicto divida a la Unión Europea en torno a la orientación hacia Rusia –que mantiene por ahora un consenso precario en la política de sanciones más diplomacia implementada hasta el momento bajo la dirección de Alemania.

En el inmediato, el acuerdo le da un respiro a Merkel que tiene otro frente de batalla abierto con Grecia. Pero Europa sigue teniendo un conflicto militar, en el que está involucrada nada menos que Rusia, en su frontera oriental.

En su estrategia defensiva, Putin va a tratar de transformar las conquistas territoriales de sus milicias afines en cambios constitucionales, debilitando el control del gobierno central ucraniano en la región este. Esto implica que si bien ha perdido la influencia sobre Ucrania de conjunto, se reserva el control de una zona autónoma lo suficientemente significativa en su frontera occidental para contrarrestar los intentos de ampliación de la OTAN o la Unión Europea sobre su zona de influencia próxima.

Sin embargo, esto también es un juego de imagen para el gobierno ruso. En el mediano plazo, Putin enfrenta el problema que si el conflicto escala, tendría que aumentar su compromiso militar y económico con la República Popular de Donetsk, o eventualmente plantear su anexión, algo que está fuera de sus cálculos y posibilidades dada la situación crítica de la economía, afectada por las sanciones internacionales y el desplome de los precios del petróleo. Por eso quizás la situación más conveniente es mantener un “conflicto congelado” similar al que mantiene con Georgia, que haga imposible que se estabilice un gobierno prooccidental en Ucrania.

Por último, el acuerdo dejó expuesta la debilidad de Ucrania en la negociación y su aumentada dependencia –política, económica y militar- con respecto a occidente. La economía ucraniana está prácticamente colapsada. El PBI se contrajo un 7,5% durante 2014 y se espera una caída de un 4,3% este año. La grivna (moneda nacional) se devaluó un 41% y la inflación alcanzó el 25%.

Desde el punto de vista militar, si bien el ejército y fuerzas irregulares nacionalistas al mando de Kiev había avanzado en enero sobre el aeropuerto de Donetsk, que había caído bajo control de las milicias separatistas, en las últimas semanas unos 7000 soldados ucranianos estaban cercados por fuerzas pro rusas en la ciudad de Debaltsevo, que por su posición geográfica tiene un valor estratégico y puede ser un punto de inflexión en el conflicto.

En este marco, el préstamo anunciado por el FMI de 17.500 millones de dólares al gobierno ucraniano, como parte de un paquete de rescate de 40.000 millones para estabilizar la maltrecha economía del país, fue leído por la prensa internacional como una suerte de “premio consuelo” para Poroshenko, que por ahora tendrá que arreglarse sin armamento masivo de Estados Unidos.

El conflicto en Ucrania ya lleva un año. En este tiempo la situación se ha deteriorado notablemente. Aunque todavía es una guerra de baja intensidad, ya ha dejado más de 5300 muertos y un millón de desplazados. Además de haber alterado las fronteras establecidas –Rusia anexó Crimea en marzo del año pasado.

Este enfrentamiento, el más importante desde el fin de la guerra fría, puso de relieve las líneas de falla de las relaciones y alianzas interestatales.

Mientras que Alemania tuvo un papel muy importante como desencadenante del conflicto –recordemos que lo que llevó a esta situación fue la política de la Unión Europea de avanzar sobre Ucrania y fue un actor en el proceso que llevó a la caída del gobierno pro ruso de Yanukovich (incluso tenía un candidato afín al partido conservador de Merkel). Pero a la vez, la política de Merkel, por intereses económicos y estratégicos, es no romper su relación con Rusia, sino negociar una salida diplomática, de ahí que su política sea de apretar con sanciones y evitar que escale el conflicto militar.

Esto ha llevado a poner de relieve las diferencias entre la UE y Estados Unidos, que tiene una política más abiertamente de hostigamiento hacia Rusia, y también dentro del propio bloque europeo.

Pero aunque Rusia esté enfrentada a las potencias occidentales, no representa el lado progresivo de la historia. Lo que defiende Putin son los intereses del capitalismo ruso, que pasan por evitar por todos los medios, tener una avanzada de occidente en su propia frontera.

En este juego de intereses, el destino de Ucrania parece ser la partición o transformarse en un vasallo de las potencias occidentales. Basta ver las medidas tomadas por el gobierno proimperialista de Poroshenko a instancias del FMI: quita de subsidios, aumento de un 50% de las tarifas del gas, reducción del gasto público y privatizaciones. El conflicto también exacerbó el nacionalismo anti ruso, y dio lugar al surgimiento de partidos abiertamente fascistas y acerca peligrosamente el fantasma de una guerra de consecuencias impredecibles. Por eso, aunque hoy parezca una posibilidad lejana, el futuro de Ucrania dependerá de la resistencia unificada de los trabajadores y los sectores populares del este y del oeste.







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