Cultura

OPINIÓN

Grass + Galeano: los incomparables

La Izquierda Diario comparte un artículo del sociólogo de la UBA y crítico cultural a propósito de los recientes fallecimientos de Günter Grass y Eduardo Galeano.

Martes 14 de abril de 2015 | Edición del día

Fotografía: Wikipedia

Hace unos días, por pura casualidad, volví a ver El Tambor, el film de Völker Schlondorff basado en El Tambor de Hojalata, la novela de Günter Grass. De nuevo quedé admirado por lo (engañosamente) sencillo de la idea central: Oskar, un niño alemán de tres años, en medio de la crisis de la república de Weimar (1919/33) que desembocará en el nazismo, decide –y logra- no crecer más.

¿Es un signo de protesta? No es tan seguro, como se verá. Nada es seguro, ni en la novela ni en el film. En todo caso, Oskar devendrá el testigo más que incómodo del hundimiento en la abyección de toda una sociedad, y quizá de una civilización. No crece más físicamente, aunque sí mental, psicológica y sexualmente –todo lo cual, en contraste con su aspecto infantil, da lugar a situaciones impensables hoy, en la tiranía de una hipócrita y mal entendida “corrección política”-. Oskar, en efecto, está muy lejos de ser un personaje “puro”: su aparente “niñez” puede articular rasgos de inocencia y candor con la perversión polimorfa de la que habla Freud (yo había leído la novela antes de que se estrenara el film, y me sorprendió el acierto de casting de Schlondorff, al encontrar un niño capaz de transmitir, con su solo rostro rubiecito y de angelicales ojos azules, esa mezcla de ingenuidad y oscuridad siniestra). Ideológica y políticamente la cosa no es más clara: por un lado, la mirada de Oskar sobre su entorno supone una crítica ferozmente sarcástica a la descomposición social, política y moral que lo rodea; por el otro, está clara su involuntaria fascinación con el nazismo y los símbolos militares (como ese tambor que aporrea obsesivamente).

En suma: la novela de Grass (y la muy fiel trasposición fílmica de Schlondorff) es un entramado complejo de contradicciones, complejidades y ambigüedades, sin que por ello se nos oculte la ya aludida intención profundamente crítica. Crítica no solamente del nazismo, sino de la sociedad burguesa en general, de la cual Oskar es sin duda una rica alegoría. Y de paso, (auto) crítica del mismísimo Grass: como es sabido –y ha sido insistentemente recordado en estos días- el escritor provocó con su última obra importante (Pelando la Cebolla) un escándalo mayúsculo al confesar que en los últimos meses de la guerra, a los 17 años –tal vez imbuido del mismo “candor” desviado que Oskar- había sido miembro de las Juventudes Hitlerianas.

Por cierto que pagó bien caro ese sinceramiento: los bienpensantes de siempre le cayeron encima como si fuera poco menos que Goering redivivo –cuando se había limitado a ser un cuidador de tanques-. Pasando por alto, primero, que Grass es implacable con su “error” de adolescencia, afirmando que aunque nunca había sido culpable de nada, se sentía igualmente responsable por haber formado parte del “sistema”; y segundo, que durante todo el resto de su vida, en su rol de intelectual “comprometido”, estuvo siempre en la primera fila de las mejores causas.

Eduardo Galeano, todo lo indica, fue una buena persona. Y para más, siempre inobjetablemente progresista. Su libro más célebre, Las Venas Abiertas de América Latina, despertó incontables conciencias juveniles en la década del 60 y después, con su denuncia de la explotación colonial y luego imperialista del continente. Fue perseguido por la dictadura uruguaya y sufrió el exilio. Siguió escribiendo, siempre en la misma “vena” latinoamericanista y antiimperialista, ensayos, relatos, poesías. Nunca nadie pudo acusarlo del más leve pecadillo pretérito. Su memoria es, pues, digna del más pleno respeto. Ahora bien: lamentablemente, con las mejores intenciones y el más bondadoso progresismo no basta para hacer buena literatura.

Como decíamos, es para celebrar que haya servido de inspiración a generaciones de jóvenes militantes e incluso meros interesados por una “buena” política. Su estilo era directo y cristalino, simple, sentimental, poéticamente agradable y fácilmente comprensible: cualquiera podía leerlo y entenderlo. Pero –con el debido respeto que ya invocamos- permítasenos insistir: todo eso no basta para hacer buena literatura.

Tengo el deber de decir la verdad de lo que pienso, es lo menos que se merece el recuerdo de un intelectual de valor: su posición política, trasladada de manera unilateral a su escritura, era con frecuencia esquemática e inmatizadamente binaria. Esa escritura estilísticamente “blanda” era una aplicación sin claroscuros de una concepción que divide al mundo en Malos y Buenos (así, con mayúsculas). No hay contradicciones, conflictos internos, desgarramientos ni ambigüedades. Ciertamente, los Malos (colonialistas e imperialistas de todo pelaje) son los mismos que uno consideraría tales. Los Buenos, en cambio, se diluyen en una generalidad más o menos abstracta: en definitiva, son todos los que no son insalvables Malos.

Si en Las Venas… todavía había –aunque siempre de forma muy genérica- algún lugar para la opresión ejercida por los socios internos (“nacionales”) del imperialismo, en sus textos posteriores es difícil encontrar complejidad alguna: los Malos están “afuera”, y los de “adentro” somos todos víctimas inocentes; la lucha de clases local, por ejemplo, no es un tema (no es que tenga que serlo en literatura, se sobreentiende: pero Galeano creía que se debe hacer literatura “movilizadora”, y en ese discutible terreno se quedaba un poco corto). Es posible que influyera el hecho de que había adoptado un apoyo más bien acrítico a los “populismos” latinoamericanos (llámense chavismo, correísmo, kirchnerismo o lo que sea) que lo condujera a una simplificación de los problemas. No era tampoco, a decir verdad, un investigador histórico-social riguroso (en Memoria del Fuego comete varios errores decididamente gruesos). Pero no importaría tanto. No lo juzgo por nada de todo eso: solo digo, por tercera vez, que con eso no se hace necesariamente buena literatura –y me atrevería a decir: tampoco buena política, que nunca es tan “simple”-.

En fin: se trata, en los casos de Grass y Galeano, de dos figuras totalmente incomparables –en estilo, en calidad literaria, en temática, en biografías intelectuales-: solo la desgracia de su desaparición con pocas horas de diferencia, solo esa doble y casi simultánea pérdida irreparable, podía haberlos juntado en un mismo espacio de los medios.

Aunque, a decir verdad, tampoco allí: es incomparable, en efecto, el volumen cuantitativo y cualitativo de ditirambos y homenajes estentóreos que ha recibido Galeano (sobre todo en los medios cercanos al gobierno, claro está), hasta el punto de transformarlo en un nuevo “bronce” continental, frente a las menciones casi marginales que mereció hasta ahora Grass. Hasta cierto punto es comprensible: uno era latinoamericano, inequívocamente progresista, directo, transparentemente legible, pregonaba un mensaje diáfano y esperanzador; el otro era europeo, de pasado con alguna oscuridad, de estilo metafórico y difícil, ácidamente pesimista en su crítica sin concesiones (ni siquiera para consigo mismo), su contenido era conflictivo, complejo, y no ofrecía “salidas” sencillas de aplicación inmediata. Uno era, de nuevo, una persona agradable que escribía cosas lindas de leer y fácilmente suscribibles, el otro un ogro tormentoso capaz de provocar angustia con sus palabras. Es decir: un gran escritor. Porque, qué le vamos a hacer: la literatura tiene sus propias leyes –la más importante de todas siendo que no hay para ella una ley nítida y “correcta”-.

Si toda literatura es siempre, de una u otra manera, política, no basta tener una política “buena” (que no siempre significa una buena política) para lograr una literatura ídem. Muchas veces, casi siempre, la literatura más compleja y conflictiva, más trabajosa de leer y menos condescendiente con el lector, es en cierto modo la más política, en el sentido de que obliga a redoblar el esfuerzo de pensamiento crítico, y empuja al lector a tomar sus propias decisiones en lugar de que le vengan “servidas” por un autor que ya tiene todo claro de antemano.

Es cierto que esa no es una literatura “para todos”, que no es fácilmente accesible para los sectores populares o la clase obrera, etcétera. Pero ese no es un problema de la literatura, sino de la sociedad. Un buen escritor es el que lo sabe, y no el que siente que puede reemplazar con su escritura “accesible” la transformación radical que solamente la misma sociedad podrá llevar a cabo.

*Sociólogo, ensayista y crítico cultural. Doctor en Ciencias Sociales de la UBA. Fue Vicedecano de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA y es autor de varios libros. Es miembro del staff de la revista Ideas de Izquierda.







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