Sociedad

ALTERNATIVAS AL AGRONEGOCIO

La ruta de la agroindustria en América Latina: ¿quién desperdicia los alimentos?

La comida en Latinoamérica se la pasa viajando de un país a otro. Se produce en un lugar y se industrializa y consume en otro. Como consecuencia gran parte de los alimentos se desperdician y se sobreutilizan hidrocarburos para el transporte. El 45 % de los gases de efecto invernadero proviene de la cadena de la agricultura industrial.

Sabrina Pozzi

Periodista | Fellow of Climate Tracker | @sabrinapozzi

Lunes 16 de marzo | 16:35

En la provincia de Corrientes, Argentina, las paltas caen en cabezas de pibes y las pibas. Pero no se comen: en Argentina se come la palta Hass que se importa desde Chile, país que exporta tanta palta a Europa y China que debe, a la vez, importarla desde Perú para su consumo interno. ¿Raro? Parece ser la pauta en Latinoamérica: alimentos transgénicos, preparados para recorrer miles de kilómetros consumiendo toneladas de combustibles que generan emisiones de gases que son los principales responsables de la crisis climática.

Se trata de un negocio que mueve mucho más que millones. Una actividad que dificulta consumir alimentos frescos y producidos a pocos kilómetros, y los reemplazan por productos que llegan de otros países en camiones o barcos que recorren miles de kilómetros en refrigeradores. ¿Por qué Chile, país que produce 168 mil toneladas de palta Hass al año y le compra miles de toneladas de la misma variedad de palta a Perú? ¿Quiénes son los beneficiarios de esta actividad de intercambio de productos? ¿Y los perjudicados?

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¿Tan importante es el transporte de alimentos en relación a la emisión de gases con efecto invernadero?: De acuerdo al Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas la producción agropecuaria es responsable de al menos el 23 % de las emisiones de gases de efecto invernadero. De esas, el 16 % nace en América Latina.

El ETC Group, una organización internacional dedicada a “la conservación y el avance sostenible de la diversidad cultural y ecológica y los derechos humanos” es más contundente: el 45 % de los gases de efecto invernadero proviene de la cadena de la agricultura industrial, y se debe más que nada a la gran cantidad de combustible que se utiliza en el transporte de alimentos o, como veremos en breve, en el desperdicio de alimentos.

El traslado de los alimentos es responsable de la crisis climática por cuatro grandes problemas: obliga a refrigerar los alimentos, obliga a transportarlos, obliga a producir con agrotóxicos y conservantes para prolongar su vida útil y obliga a desperdiciarlos. Según la FAO, un tercio de los alimentos producidos en el mundo no llegan a ser consumidos. Y la cosa empeora si hablamos de frutas y verduras: se desperdicia el 45 %. El desperdicio de alimentos produce, junto a la actividad ganadera, gas metano, el más agresivo de los gases de efecto invernadero.

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En general, Latinoamérica sigue siendo una de las regiones del mundo que exporta materias primas: granos, hidrocarburos, alimentos vegetales y de origen animal. Según los datos del Observatorio de Complejidad Económica (OEC), la mayoría de los países (excepto México), vende hacia el mercado exterior estos productos primarios y comprando productos industriales y tecnología; aunque también se importa a un nivel considerable productos de origen vegetal y animal, aunque el propio país los produzca y los exporte por otro lado. La variedad depende del clima y de las condiciones geográficas, pero en general, se exporta maíz, arroz, soja, hortalizas, frutas y carne de vaca. Los destinos de estas exportaciones varían de país en país, pero los favoritos son EEUU, China, Alemania y Japón. También es común el mercado interno, por ejemplo, entre Brasil, Argentina, Chile, Uruguay y Paraguay en el Cono Sur. Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil forman la “Gran República Sojera”, según explica Laura Rosano, integrante de la Red de Agroecología de Uruguay y Coordinadora de Slow Food en Uruguay.

Chile y el oro verde

Chile es una potencia exportadora de paltas. Y es que el llamado “oro verde” se vende muy bien en Europa y en China: 339 millones de dólares entraron a las grandes exportadoras en 2019, sólo por la venta de 144 mil toneladas de paltas que llegaron a Holanda, Reino Unido, Estados Unidos, Argentina y China como principal destino. Según datos de la Oficina de Estudios y Políticas Agrarias de Chile, ese mismo año ingresaron 19 mil toneladas de palta Hass al país, provenientes de Perú, convirtiéndose en la tercera fruta más importada del año.

El negocio de la palta está directamente conectado con la sequía y con conflictos con comunidades locales. En Petorca, 220 kilómetros al norte de Santiago, es común ver cómo las franjas verdes de los paltos colindan con terrenos desérticos. Chile vive desde hace 10 años lo que organismos científicos han calificado como una “megasequía”. Hoy, cerca del 40 % del país está bajo un régimen de escasez hídrica.

En Chile el agua fue privatizada por la dictadura de Pinochet y se mantiene así desde entonces. El agronegocio es dueño del 85 % de los derechos consuntivos de agua en el país. Entre ellos está el ministro de Agricultura, Antonio Walker, empresario agrícola de toda la vida y propietario de empresas que exportan manzanas. Él y sus familiares directos son dueños de un caudal de 29 mil litros de agua por segundo.

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En la ruta de los alimentos que ingresan a Chile, otros países latinoamericanos son claves. En 2019 el producto que más ingresó al país fue la carne: 227 mil toneladas, con un valor de más de mil millones de dólares. Los principales abastecedores fueron Brasil (108 mil toneladas), Paraguay (78 mil toneladas) y Argentina (29 mil toneladas). ¿Chile no produjo carne? Sí, y destinó cerca de 19 mil toneladas a China.

El país también importó grandes cantidades de cereales: 1.100.000 toneladas de trigo ingresaron al país en 2019 principalmente desde Argentina (39 %), Canadá (29 %) y Estados Unidos (33 %). La producción local, en tanto, fue de 1.300.000 toneladas. También ingresaron más de 2 millones de toneladas de maíz, provenientes de Argentina y Paraguay, contra las 950.000 toneladas producidas en el país. Y en arroz, la producción chilena llegó a las 97.000 toneladas, mientras que se importaron otras 126.000 toneladas. Los principales productos de origen vegetal y animal que llegan de Argentina a Chile son: carne bovina, aceite de soja, alimentación animal, azúcar, harina de soja, arroz y queso. Chile importa 29.000 toneladas de carne argentina y exporta 19.000 toneladas, en su gran mayoría hacia China.

Argentina y el tomate chino

La exportación argentina representa 4.500.000.000 de dólares, según los datos del INDEC de 2019. Argentina también importa lo que produce. “A pesar de tener una capacidad de producción instalada de 717.000 toneladas de tomate, lo que representa el 68 % del tomate que consumen sus habitantes, más del 50 % del tomate que se come en el país es importado. Y de ese 50 %, el 62 % proviene de China”, explica Diego Montón, referente del Movimiento Nacional Campesino Indígena. El caso del tomate es emblemático porque su producción se destina mayoritariamente al tomate industrial, es decir, para salsas envasadas y ketchup. Eso hace que el tomate chino o el tomate de Mendoza, la provincia que más produce la fruta, viaje miles de kilómetros primero hacia las plantas industriales y luego para ser consumido. ¿Quién gana?

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Las empresas que producen salsa de tomate, como Arcor y Unilever, toman la materia prima que entregan las familias productoras de tomate y la venden a precio regalado para convertirlas en salsa envasada en plástico o cartón. Los consumidores compran un tomate y una salsa de tomate más cara (por el traslado y con mayor impacto en el medio ambiente) porque un tomate si se consume en el corto plazo y a no más de 50 kilómetros de dónde es producido, no debe refrigerarse. En cambio, si debe realizar grandes traslados, inevitablemente consumirá más combustible fósil. “Si un camión anda a combustible fósil, lo cual hacen todos, nafta o gasoil, ninguno a gas, y tienen cámara de refrigeración, consumen más combustible fósil porque el gas -sea cual fuere- que refrigera, precisa de una energía para moverse. No se mueve solo. Y esa energía la saca del motor. Es decir, que el motor no solamente consume para mover al camión, sino que lo hace doblemente, por el consumo de la refrigeración”, continúa Diego.

Perú y la palma aceitera

Hablar sobre los agronegocios en el Perú es también poner un ojo sobre el enorme impacto ambiental que han ocasionado en los diferentes ecosistemas del país. Esto porque básicamente para plantar la semilla del fruto a comercializar debe “liberarse” el área donde se va a sembrar. Según la Agencia Agraria de Perú, entre enero y mayo del 2019, el país exportó casi 29 millones de kilos de aceite de palma en bruto, por un valor de 15 millones. La venta creció el año pasado en casi 9 millones de dólares respecto al mismo periodo del 2018. Los destinos favoritos de estos envíos fueron Colombia y Brasil.

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Los casos más claros de cómo los agronegocios degradan el ambiente son los extensos cultivos de palma aceitera que se distribuyen a lo largo de las regiones amazónicas de Ucayali, San Martín, Amazonas y Loreto. En dichas áreas han deforestado extensas áreas de bosques primarios. Sin contar la serie de vulneraciones al derecho al territorio de las comunidades indígenas locales. Justamente se planta la palma aceitera para obtener su aceite que luego es usado para producir de todo: productos cosméticos para la belleza, jabones para lavar la ropa y el cuerpo humano, aceite de cocina y hasta galletas.

No es casualidad que el fondo soberano de inversión más grande de Noruega, Norges Bank (NBIM por sus siglas en inglés), decidió retirar la suma de $12.3 millones de la principal empresa beneficiada del gran agronegocio de la palma aceitera en el Perú, Alicorp S.A.A., que pertenece a su vez el Grupo Romero. Dicho gremio empresarial tiene actuales conflictos con comunidades nativas por sus plantaciones de palma que vulneran territorio ancestral y bloquea el curso natural de los cuerpos de agua.

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Norges Bank tomó esta “después de que se revelara que la empresa (Alicorp) adquiría aceite de palma de una plantación asociada a graves violaciones de los derechos territoriales de los pueblos indígenas y a la deforestación en la Amazonía peruana”, según informó el Instituto de Defensa Legal (IDL), parte que defiende a la comunidad.

De acuerdo con el Proyecto de Monitoreo de la Amazonía Norte (MAAP por su sigla en inglés), en el Perú desde el 2001 se han deforestado dos millones de hectáreas de bosques primarios, con información actualizada al 2018. Los bosques primarios son aquellos denominados “vírgenes”, que por no haber sido intervenidos por la actividad humana y disponían de la mayor riqueza natural. Las causas principales de todo el desbosque son la minería ilegal, la tala ilegal de madera, los monocultivos (como el de la palma aceitera) y la construcción de carreteras (vías destinadas para el cultivo clandestino agrícola o para el narcotráfico).

Entre los testimonios recogidos en medios periodísticos de comuneros afectados por este tipo de plantaciones de palma aceitera se concluye que este tipo de cultivos produce en la naturaleza un daño similar a la quema de combustibles: la deforestación ocasionada por la palma acelera ocasiona la emisión de gases de efecto invernadero. Esto a su vez eleva la temperatura en la Amazonía, la cual, como está sin árboles, sufre el empobrecimiento de su suelo, la sequía y la desaparición de sus paisajes.

“Buenos hábitos”

¿Qué hacen los Estados para evitar el desperdicio de alimentos y mitigar la crisis climática? Tomemos de ejemplo a Argentina: implementó un Plan Nacional de Reducción de Pérdidas y Desperdicio de Alimentos. ¿Qué hizo el plan? Organizó junto al BID y con el apoyo de IBM Argentina el Concurso #SinDesperdicioHortícola, cuyos ganadores fueron el Silo Papa, una tecnología para mejorar la vida útil de la papa y sistema de reconocimiento de malezas de Deep Agro para fumigación inteligente con técnicas de Machine Learning. También realizó la campaña “Alimentar buenos hábitos” junto a Unilever y Carrefour. Podemos leer de qué se trata en la página web de Unilever: ⅓ de toda la comida que se produce en el mundo se tira. En la Argentina esto representa 16 millones de toneladas de alimentos aptos para consumo. Desde Unilever queremos cambiar esa realidad. Creemos que un mundo sin desperdicios es posible. Es un mundo más sustentable, con menos desnutrición y hambre: es el mundo que queremos construir. Por eso lanzamos la campaña “Alimentá buenos hábitos”, que consiste en brindar recomendaciones a los consumidores sobre cómo planificar, almacenar, consumir y reconvertir los alimentos.

La campaña recomienda comprar sólo lo que se va a utilizar, prestar atención a las fechas de vencimiento de los productos, reciclar las sobras de las comidas de año nuevo y navidad, guardar los alimentos en recipientes herméticos para evitar derrames y goteo de jugos y no romper la cadena de frío para que los alimentos lleguen a las casas en óptimas condiciones.

Unilever desarrolla un producto exclusivo para Argentina que se llama Base de Tomate Deshidratado Knorr 750 G. Aseguran que rinde casi 7 kilos de salsa tomate, para los cuales utilizaron 88 tomates deshidratados. Y tiene textura, color y sabor a tomate maduro durante todo el año. Junto a ese tomate fabricado, según su envase, también hay harina de guisantes, azúcar, sal, grasa vegetal hidrogenada, ajo, cebolla, acidulante: ácido cítrico, antihumectante: dióxido de silício, gluten y derivados de soja. Y a veces también aparece un poco de pescado y unos restos de cangrejo. 88 tomates fueron utilizados, disecados y tratados químicamente para terminar en un envase de plástico junto con sal, azúcar, grasa y soja en un producto no apto para celíacos ni vegetarianos. ¿Cuánto combustible fósil menos se quemaría si esos 88 tomates necesarios por cada envase se consumieran en las cercanías de donde se producen?

“Mientras más conscientes seamos menos fácil le va a ser a las multinacionales vendernos la porquería que nos venden dentro de cajitas de colores”, asegura Laura Rosano. “Es muy importante que la gente sepa lo que come y de donde sale la comida. Es un factor muy político las elecciones que hacemos a la hora de comer”, continúa.

Un plan sustentable: la agroecología

¿Qué plan sería entonces más efectivo para evitar el desperdicio de alimentos y mitigar la crisis climática? Las familias productoras tienen su plan y nada tiene que ver con prolongar la vida útil de los alimentos. “Producir mucho no es lo que necesitamos nosotros. Eso es el modelo esclavizante. Uno podría producir la verdura a mejor precio sin todos los desperdicios que hay en el medio. Se podría producir de otra manera: agroecológicamente”, asegura Nahuel Levaggi, referente de la Unión de Trabajadores de la Tierra (UTT). “La producción actual se basa en agroquímicos en producción masiva, en una gran cadena de intermediarios y mucho derroche de verdura en el medio. La propuesta alternativa es con tierra propia, producir agroecológicamente y tener canales de distribución que harían subir el precio para el productor, bajar el precio al consumidor y no generar derroches que van quedando en los camiones, en el mercado, en la verdulería y en los supermercados”.

En Uruguay, el año pasado se aprobó la Ley de Fomento a la Producción Agroecológica. “Dentro de la Red de Agroecología estamos haciendo un trabajo para elaborar este Plan Nacional. A mí me tocó elaborar cómo se van a distribuir estos alimentos agroecológicos, cómo trabajar en leyes de compras públicas para que lleguen a todos, a las escuelas públicas, a los hospitales. Que los niños y los enfermos los coman es sumamente importante. El tema es que sea un alimento lo más social posible, no de élite”, argumenta Laura Rosano.

Otra gran diferencia entre Argentina y Uruguay es el tema de la certificación orgánica. La Argentina tiene un sistema de certificación orgánica por parte de empresas privadas para exportar, mientras que en Uruguay hay un sistema participativo de la Red de Agroecología donde se encuentran los productores, los consumidores y los técnicos. Está enfocado para que los productos se queden en el país. En Brasil están los dos sistemas.

“En Argentina es muy difícil que un productor familiar pueda certificar su trabajo porque es carísimo. Nosotros tenemos un sistema agroecológico porque ahí entra toda la parte social, no tenemos latifundistas de producción orgánica. Nosotros tenemos productores familiares. Y la agroecología tiene toda esa pata de vivir en el campo, el bienestar del productor, que se respete el trabajo de la mujer. En Argentina solo miran que el producto no tenga veneno”, explica Rosano.

Laura Rosano

“Dentro de las compras públicas de Brasil el 30 % tendría que ser obligatoriamente agroecológico y llegar primero en la lista. Esto fue una ley del gobierno de Lula. Algo parecido a esto es lo que queremos hacer nosotros en Uruguay con el Plan de Agroecología”. Sobre Paraguay, Rosano aseguró que “es increíble todo lo que le hacen las multinacionales y cómo lo enmudecen y no pueden casi movilizarse. Ahí pasa de todo y nadie se entera de nada. No pueden hablar tan libremente de lo que estamos hablando nosotros, son perseguidos”.

Laura Rosano

Ganadores y perdedores

“Acá los que más ganan son los dueños de la tierra, las grandes multinacionales que producen los agroquímicos de la semilla y una cadena de intermediarios”, sentencia Nahuel Levaggi. Quienes producen las verduras y las frutas que son la base de una alimentación saludable ganan cinco veces menos de lo que paga el consumidor en el supermercado, según el informe de la Confederación de la Mediana Empresa Argentina. Además, no se asegura que el alimento sea saludable por el uso de químicos en el proceso. “Uno se hace esclavo de un modelo —explica Nahuel—, no es solamente de un producto, somos esclavos de un modelo de producción del que es muy difícil salirse y que consiste en que todo sea grande, de enormes cantidades y con mucho derroche. Y eso se sostiene con los agroquímicos y con la explotación de los trabajadores. Para salir nosotros planteamos la tierra propia, la transición hacia la agroecología y distintos canales de comercialización”.

Según Laura Rosano, podemos salir de esta situación con la agroecología. "Es una forma también de que el consumidor pase a ser un coproductor porque conoce quien produce ese alimento y cómo lo hace”, propone. Pero sabe que no es fácil: “Los mensajes de las empresas son muy fuertes y lo que tratan de hacer es desvincularte de la realidad. Por eso es tan importante la educación e inculcar a los chicos una relación más directa con la naturaleza y el ser críticos de lo que les están vendiendo. Entonces si vos les enseñáis a plantar una semilla y que de esa semilla va a nacer un choclo que en vez de una semilla te va a dar 200 y las vas a poder repartir para que los demás puedan plantar, tu cabeza va a poder analizar cuando te quieran vender algo diciendo que es lo mejor porque vos ya vas a haber probado mejores”.

Según Nahuel de la UTT la solución sería garantizar tierra propia a las familias productoras. “La propuesta alternativa es con tierra propia, producir agroecológicamente y tener canales de distribución que harían subir el precio para el productor, bajar el precio al consumidor y no generar derroches que van quedando en los camiones, en el mercado, en la verdulería y en los supermercados”, concluye Nahuel. Sería más justa para consumidores y productores, pero sobre todo con nuestra tierra. La propuesta de la UTT reduciría los desperdicios, disminuiría la quema de combustibles y limitaría el calentamiento de nuestro planeta.

*Esta nota fue producida y redactada por becarios y becarias de Chile, Argentina y Perú de la organización Climate Tracker: Pablo Bruetman, Andrea Gálvez, Miltón Lopez, Francisco Parra y Sabrina Pozzi.







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