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Red Internacional

Los casos crecen y el cliché oficial, apoyado por medios a uno u otro lado de la grieta, es que la gente se contagia porque no se cuida. Protocolos fantasma, medios de transporte abarrotados y la cruda realidad de los trabajadores informales desmienten este discurso de ficción. La organización de comités de higiene y seguridad es una necesidad frente a esta crisis.

Fernando LunaLic. Seguridad e Higiene - Trabajador de Shell Raizen

Viernes 16 de abril | 09:00

La creciente suba de contagios en los lugares de trabajo, donde permanecemos más tiempo que en cualquier otro lugar, parece imparable: 200 casos y 130 aislados en Volskwagen Pacheco, en YPF Ensenada 60 casos en una semana -donde fallecieron dos obreros por la enfermedad-, docentes fallecidos en distintos lugares del país, vuelos de Aerolíneas Argentinas que pasaron de Aeroparque a Ezeiza al cerrar un turno entero por los contagios entre los trabajadores, 8 trabajadores fallecidos por covid en el subte... y estos son solo algunos ejemplos, ya que las empresas esconden los contagios todo lo que pueden, quedando estos casos como parte de la estadística general. Mientras que las mismas empresas y el gobierno dicen que son seguros los lugares de trabajo, ninguno tiene un protocolo de testeo preventivo (solo se actúa sobre síntomas marcados), indicación ante casos sospechosos, etc. En este apartado no nos referiremos a la situación de los trabajadores de la salud que está ampliamente abordada en este diario; pero como primera línea de combate contra la pandemia son quienes más vienen sufriendo las consecuencias del manejo gubernamental de la situación.

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El traslado de los trabajadores en su mayoría sigue siendo mediante el transporte público, cuando muchas empresas tienen los recursos para costearlo; en el caso de disponer del servicio, a su vez, hacen diferencia entre efectivos y contratados. Otras como Tenaris - Siat de Valentín Alsina quitaron el transporte a sus trabajadores como castigo por reclamar que les devuelvan el premio de producción que les sacaron. Las imágenes que llegan cada día desde las estaciones de ferrocarril o lugares que concentran paradas de colectivos, con gente hacinada en muchos momentos del día para ir a trabajar, muestran que el virus lejos está de esperar que haya un asado o una fiesta para tener ocasión de expandirse.

Estación Constitución, ferrocarril Roca, abril 2021. Fotografía: Sebastián Linero
Estación Constitución, ferrocarril Roca, abril 2021. Fotografía: Sebastián Linero

Existe una presión concreta para que no se vuelvan a otorgar licencias para personal de riesgo y otros, lo que a la vez presiona sobre la presencialidad de la educación. Un decreto habilitó que las personas de riesgo con la primera dosis de vacuna pueden volver a trabajar, sin importar el riesgo de contagio. Esto sabiendo que hasta el propio presidente Fernández se contagió estando ya vacunado. La distancia entre el Gobierno y la realidad se vio en la “revolucionaria medida” anunciada por el ministro Meoni, quien propuso como solución para la bioseguridad en el transporte que se viaje con las ventanillas abiertas, cuando ni siquiera hay suficientes trabajadores de limpieza para mantener el transporte público y en muchos casos los obligan a trabajar aun conviviendo con familiares que dieron positivo, como está ocurriendo en la línea Roca de ferrocarril.

Lo que ya se sabía (y decidió ignorarse)

Desde el origen de la pandemia se hablaba de una situación inédita y nueva, que en parte es verdad, pero no del todo. Por un lado, tomaron la decisión política de no informar lo que ya estaba tabulado, porque no se empezaba de cero en lo que concierne a conocimiento y métodos de prevención. Desde el mes de enero de 2020, ya existían recomendaciones desde Wuhan, ciudad origen del virus, y protocolos y recomendaciones de la OMS.

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La clasificación de pandemia de dicho organismo internacional tiene cinco niveles, entre los que están especificados primera y segunda ola de contagio, y estipula una duración de una pandemia entre dos y tres años. Por otro lado, los métodos de bioseguridad que se habían utilizado para el MERS (síndrome respiratorio de oriente medio) y el SAR (síndrome respiratorio agudo severo) años atrás fueron y son la base para los cuidados actuales. Toda esta información se conocía desde el día cero, pero no se informó lo suficiente, no se tomaron los recaudos ni se dispusieron los recursos necesarios para afrontar este período.

La especialidad ausente

En nuestra especialidad se nos enseña que el ABC de la higiene y seguridad es la prevención, y para ello, lo primero es medir y tener trazabilidad. Esto quiere decir que tenemos que saber específicamente dónde estamos, qué riesgo y peligros existen, hacer las mediciones pertinentes, y evaluar que todas las medias se mantengan en el tiempo y sean efectivas A la vez cuando se realizan los análisis de riesgo o accidentes, se nos enseña a investigar hasta las causas iniciales que originan cada situación. Todo esto no se puede hacer desde un escritorio y sin la participación de los protagonistas: los trabajadores y las trabajadoras de cada lugar.

Los profesionales en este área solemos enfrentar la lógica empresarial, donde ante un accidente o enfermedad la investigación -si la hubiese- termina cuando se puede responsabilizar a alguna persona individualmente, en vez de evaluar qué procedimiento originó el problema.

En esta segunda ola de contagios, los mismos argumentos que repiten las empresas para culpar a los trabajadores por los accidentes, los repiten como loros los ministros de todas las áreas y hasta el presidente de la Nación: “Los lugares de trabajo son seguros, el problema es que la gente, individualmente es irresponsable”.

Hay una catarata de documentos con el flamante encabezado de “protocolo de ...” que oscila entre una fantasía de cuidados imposibles en la vida real, y cuento de ciencia ficción en algunas áreas.

Si bien es necesario tener algunos criterios marco, si fueran viables, la realidad es que cada lugar tiene sus especificidades y en pandemia no se puede pensar de forma aislada, en una situación que abarca a toda la población. Los trabajadores no nos teletransportamos de nuestra casa a los lugares de trabajo, donde estamos la mayor parte del día. Solo el sistema educativo en Argentina moviliza 17 millones de personas entre docentes, auxiliares, alumnos y padres, y seguramente por eso que la suspensión de las clases presenciales fue una de las primeras medidas anunciadas por el presidente Alberto Fernández este miércoles, aunque siguió depositando la responsabilidad del aumento de los contagios en los individuos y su vida social.

Los protocolos que no son y los comités que se necesitan

Para implementar cualquier medida de prevención y mitigación, se debe partir de una evaluación concreta en cada lugar. Partiendo de lo grave de la situación, donde hoy más que nunca la salud y la vida están en juego para todos aquellos que salimos a trabajar todos los días.

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No se puede hacer esto si no es con los trabajadores de cada lugar y el entorno, ya que son los principales afectados y quienes llevan adelante las medidas. Si ya eran importantes los comités de seguridad e higiene antes de la pandemia, hoy resultan vitales. Los profesionales podemos instruir en herramientas y conceptos, pero la experiencia de la labor particular la tienen los trabajadores. Nadie va a tener más conciencia de los riesgos que el propio trabajador, que no quiere vivir para trabajar, quiere vivir de su trabajo; que quiere volver a su casa, poder estar el día de cumpleaños de sus hijos, su aniversario, y llegar a jubilarse con algo de salud. Hoy la pandemia suma una incertidumbre más: no se conocen del todo las consecuencias y secuelas del covid 19 a mediano y largo plazo.

Sin comités de higiene y seguridad es imposible tener una medición real de la situación, y mucho menos tener protocolos y procedimientos seguros para todos.
En lo que concierne a las empresas privadas, haber trabajado durante la pandemia (aún aquellas que no producían nada esencial) les permitió mantener sus ganancias e incluso aumentar la precarización. Esto no significó ningún beneficio para los trabajadores, sino todo lo contrario, como marca la cantidad de puestos perdidos, peores condiciones laborales y el aumento de los contagios que se está dando en los lugares de trabajo actualmente.

Ya es difícil cualquier medida o registro sobre los trabajadores registrados, y para un país que tenía el 40% de la economía en negro, en pandemia esto se agravó exponencialmente. Pre-pandemia había poco más de 12 millones de trabajadores registrados y más de 3,5 millones informales. Con estos números, las estadísticas marcan un gran porcentaje de accidentes y enfermedades, con 760 fallecidos por año, y miles de accidentes y enfermos a causa de su trabajo.

Según datos oficiales se perdieron 1,2 millones de puestos de trabajo, pero otros relevamientos muestran que se sumaron a la informalidad cerca de 4 millones de trabajadores, que se adicionan a los 3,5 ya mencionados, dado que no se generan muchos puestos de trabajo nuevos. Un ejemplo de esto son las aplicaciones de envíos, el nivel máximo de precarización, donde ni siquiera quieren reconocerles el estatus de trabajadores a quienes pedalean cada día kilómetros bajo cualquier condición climática.

Toda esta masa salarial informal está por fuera de cualquier control; incluso una parte de esta está trabajando dentro del sistema de salud, que si no está en la informalidad, está precarizada con contratos basura. Bajo una fuerte presión que impone sobre los trabajadores el miedo de la pandemia, las empresas avanzaron sobre sus derechos, aprovechando la falta de paritarias en varios sectores o su cierre a la baja,y potenciando la precarización laboral. Los trabajadores de limpieza, que desde los 90 fueron tercerizados, en este período fueron recargados de labores, en las misma o peores condiciones de antes; los contratos de salud siguen siendo precarios y tercerizados.

Bajo la lógica de que la culpa de los contagios es por actos individuales siguen sin abordarse los controles reales a los lugares de trabajo, la cobertura médica de toda la población, y en cambio se toman medidas como las ventanillas abiertas en los colectivos o el cierre nocturno, como si el virus no actuara de día y no traspasara las puertas de los establecimientos laborales.

Los números de contagios y fallecimientos, incluso recientemente entre alumnos y auxiliares de escuelas, muestran que todas las medidas están hechas a medida de las empresas y lejos de cuidar la salud de la gente.

No se puede dejar más la vida de los trabajadores en manos del Estado y los empresarios. Es vital la puesta en funcionamiento de las comisiones de seguridad e higiene en manos de los trabajadores, que puedan evaluar los riesgos reales y contemplar a todos los trabajadores, que no se hagan divisiones entre efectivos y contratados.

Se debe exigir una campaña de vacunación controlada por los trabajadores de la salud, y discutir la necesidad de liberar las patentes para que no se especule más con el lucro sobre la vida de la gente.
Los recursos están, pero destinados a la especulación económica. Las experiencias de organización de cada lugar suman a otras. La educación no estaba familiarizada con los comités de seguridad, pero las experiencias de las fábricas hoy son un capital importante también para la comunidad educativa.

Hay profesionales de la salud, de higiene y seguridad que estamos asistiendo a todos los sectores para llevar adelante estos comités y logras medidas y exigencias concretas sobre las verdaderas necesidades de trabajadoras, trabajadores y toda la comunidad. Entre quienes comprendieron la necesidad de imponer medidas acordes a la situación se encuentran los trabajadores de la línea E del subte de Buenos Aires, quienes pararon para que se implemente el protocolo y evitar más contagios.

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