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Red Internacional

Opinión. De Guzmán a Batakis: el FMI y la dinámica de la crisis permanente

Gestionar en el Virreinato del FMI. La nueva ministra y el “volumen político”. Empates y debilidades: árbitro se busca. Enfrentar la decadencia a la que las coaliciones capitalistas llevan al país.

Eduardo Castilla@castillaeduardo

Lunes 4 de julio | 10:59

La temporalidad de las crisis políticas tiene puntos de contactos con los de la guerra. Los tiempos corren veloces, se desmarcan de las horas y los días. Puede ocurrir, por ejemplo, que esta columna quede “vieja” al momento de ser publicada.

Las 30 horas transcurridas entre la renuncia de Martín Guzmán y la confirmación de Silvina Batakis como ministra de Economía desnudaron la fragilidad de la coalición gobernante, su escasa consistencia como herramienta política para gestionar el Estado en interés de la clase dominante.

A lo largo del domingo, ocupó escena lo más bajo de la “pequeña política”, aquella que -siguiendo a Gramsci- deja de lado los grandes problemas estructurales para atender a las luchas por “la preeminencia entre las diversas fracciones de una misma clase política”. El “berrinche” entre Alberto Fernández y CFK acerca de quien llamaba a quien figura allí. La danza de apellidos confirmados y desmentidos, ídem. Anotemos, por inolvidablemente bizarro, el anuncio de una conferencia de prensa que se “levantó” por un mini-cacerolazo de 6 personas.

Detrás de esas escenas posmodernas se encuentran los problemas estructurales que asolan a la nación. Guzmán, el hombre que simbolizaba la relación oficial con el FMI, se retiró cuando el celebrado acuerdo empezaba a hacer agua. Cuando las restricciones establecidas por el organismo internacional (déficit fiscal, financiamiento del Estado por el BCRA, reservas) empezaban a derruirse abiertamente, empujando la economía a caos mayor al habitual.

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El Virreinato del FMI limita las potestades del Estado capitalista local. Lo ata de manos a la hora de administrar recursos para afrontar crisis de magnitud. Señalemos que ese dilema se acentúa bajo las órdenes de la burocracia que habita en Washington. La Argentina de las últimas décadas protagoniza un progresivo abandono de su capacidad de control estatal: privatizaciones y extranjerización de la economía; endeudamiento serial y fuga de divisas.

Las reglas del ajuste

En algunos medios la llegada de Batakis al Ministerio de Economía es leída como un empoderamiento de Cristina Kirchner y su espacio político. Este domingo por la noche, el diario español El País tituló “Alberto Fernández cede al kirchnerismo la gestión de la economía argentina”.

Pregunta obligada: la nueva configuración del Ejecutivo ¿pone en cuestión las reglas del ajuste impuestas por el FMI? Hay que consignar que el crítico discurso kirchnerista hacia el FMI nunca se trasladó al terreno de operaciones donde el acuerdo podía ser efectivamente derrotado: las calles. Espacio político que dirige o influencia organizaciones sindicales, sociales y estudiantiles, el kirchnerismo se negó a una movilización masiva que impidiera la consumación de ese pacto de ajuste.

Más en general, allí donde ejerce la gestión del aparato estatal, se han aplicado las reglas del ajuste impuesto por el FMI. Más allá de las tensiones con el (ahora ex) ministro Guzmán, el área de Energía ha habilitado permanentes subas en las tarifas de los combustibles, insumo esencial para el proceso inflacionario.

Si se repasa el historial de la nueva ministra, tampoco nos encontraremos con alguien capaz de desafiar las políticas de ajuste. Entre 2011 y 2015, Batakis ejerció como titular de la cartera de Economía del gobernador Daniel Scioli. Estatales y docentes bonaerenses la recuerdan por los recortes presupuestarios y los intentos de abonar el aguinaldo en cuotas.

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Ahora, en el complejo escenario que enfrenta, ¿con qué aval cuenta la nueva ministra?

El famoso “volumen político”

El tiempo se devoró ferozmente a Juan Manzur. Pasó a ser casi una sombra a los meses de haber sido entronizado como representante de un supuesto “volumen político”, que venía a respaldar una gestión golpeada en las urnas.

No hay que culpar al tucumano. La dinámica política del Frente de Todos está marcada por el constante desgaste. Por una suerte de mini-guerra civil entre distintas alas, donde el único enfrentamiento “cantado” es el de Cristina Kirchner y Alberto Fernández. Caracterizado irónicamente como pimpinelismo de Estado, conlleva un daño recurrente al centro del poder político; sacude al conjunto de los actores que conforman un oficialismo que, recordemos, nació como suma de retazos, unidos casi a la fuerza.

En ese universo de tensiones ¿con qué capital político cuenta Batakis? ¿Cuál es su “volumen” -político o económico- para capear la tormenta? ¿Representa un acuerdo real entre CFK y Alberto Fernández? Mientras escribimos empiezan a aparecer saludos a la nueva ministra. Gobernadores y funcionarios. Nótese dos muy importantes: Axel Kicillof y Jorge Ferraresi. Falta, sin embargo, uno fundamental: el de la vicepresidenta.

Batakis puede aparecer, de momento, como una figura de consenso entre las diversas alas del oficialismo. Sin embargo, ante la crisis, deberá optar por medidas que pueden no convencer a muchos de quienes hoy la aplauden. ¿Se sostendrán las felicitaciones en el tiempo si la ministra avanza en medidas de ajuste como las que impone el programa acordado con el FMI?

Esas preguntas están asociadas, necesariamente, a la interna del Frente de Todos. Este lunes Alberto Fernández y Cristina Kirchner vuelve a reunirse en la Quinta de Olivos. ¿Señal de distensión? ¿Frágil unidad, reinventada en el marco de la debilidad mutua? En el cortísimo plazo el encuentro podría ser considerado un aval a la nueva ministra. Pero, en tiempos de crisis, la política devora funcionarios a velocidad.

Árbitro se busca

Las 30 horas de caos encuentran su razón más profunda en la debilidad de las coaliciones mayoritarias y de sus figuras más destacadas. Debilidades que no son puramente particulares. Son, más bien, la personificación de una crisis de proyectos políticos y sociales. De la impotencia para ofrecer una perspectiva de país realmente capaz de atender a las demandas más urgentes de las mayorías populares. En lugar de eso, aún con matices, Juntos por el Cambio y el Frente de Todos han sido y son los vehículos de políticas que llevan a una creciente decadencia nacional; al empobrecimiento de millones como contracara de las fabulosas fortunas que amasan unos pocos grandes ganadores.

De esa matriz estructural nace lo que Fernando Rosso definió como la “hegemonía imposible”: una suerte de empate permanente, donde los diversos actores se vetan a cada paso; donde cada fracción se ve obligada a un tire y afloje continuo que, muchas veces, no conduce a nada.

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De esa situación emerge la necesidad de una “voluntad fuerte”, de un árbitro que intente aquietar aguas y poner orden. Una figura capaz de desempatar. En esas tendencias globales hay que nadar para encontrar las razones que empujan el pedido de Cristina Kirchner de “usar la lapicera” y establecer un mayor control estatal sobre la asignación de los planes sociales, en un intento deliberado de debilitar a los movimientos sociales que no responden al oficialismo. Allí también hay que bucear para entender el que, supuestamente, habría sido el pedido -rechazado- de Sergio Massa para asumir como jefe de Gabinete: control del equipo económico, la AFIP y el Banco Central. Una suerte de "super-ministro", que no llegó a cuajar por las mismas internas oficialistas.

Una salida de las grandes mayorías a la crisis

La horas y días en curso dilucidarán la dinámica de la crisis. A lo largo de este lunes, los llamados mercados -ese eufemismo para hablar de la especulación financiera- ya están dando su “veredicto” hacia la nueva ministra. Pulgar abajo, empujan, como lo hace el conjunto de la clase capitalista, por un ajuste mayor. Las modalidades del mismo están en debate: devaluación y reducción del llamado gasto público figuran entre los platos principales.

Una perspectiva así solo puede profundizar la crisis que golpea sobre las grandes mayorías populares. No hay salida progresiva dentro de las reglas impuestas por el acuerdo del FMI. Incluso si se tomaran medidas parciales que intenten contrapesar parcialmente la caída de los ingresos populares -algo que empieza a anunciarse genéricamente- no hay alternativa a la crisis nacional sin afectar los intereses del gran empresariado, que sigue acumulando ganancias y riqueza en un escenario social crítico, signado por la desigualdad creciente.

Ante la crisis resulta urgente oponer una salida propia de las grandes mayorías populares. Una perspectiva así solo puede ser batallada e impuesta en las calles, apostando a la movilización más amplia. Pero también buscando desplegar el poder social de la propia clase trabajadora, la clase que puede afectar el funcionamiento efectivo del capitalismo local, paralizando el conjunto de sus engranajes en el camino de imponer un programa propio.

Esa pelea requiere, como un primer paso necesario, que las centrales sindicales rompan la pasmosa subordinación hacia el poder político y el gran empresariado, llamando, por ejemplo, a paro nacional y plan de lucha. Esta perspectiva está entre los planteos que levantará la movilización convocada, el próximo 9 de Julio, por el Frente de Izquierda Unidad y decenas de organizaciones, en lo que será una nueva marcha masiva al centro del poder político nacional.

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