SEMANARIO

Ecologismo y revolución

Ariel Petruccelli

DEBATES

Ecologismo y revolución

Ariel Petruccelli

Ideas de Izquierda

Los llamados “problemas ambientales” han ganado en los últimos años una amplia audiencia. Las diversas “cumbres” entre los gobiernos de los Estados más poderosos del planeta, reunidos para alcanzar acuerdos en vistas de reducir la emanación de gases tóxicos de origen industrial –principales responsables del “calentamiento global” que amenaza con alterar los parámetros de la vida sobre la tierra– han recibido amplia atención. Y los fracasos estrepitosos de estas “cumbres” han abierto un sombrío signo de interrogación sobre nuestro futuro colectivo, si no confirmado algunos de los más oscuros presagios.

¿Qué hay en juego aquí?

Hay quienes piensan que estamos destruyendo la Tierra, cometiendo un “terricidio”. Aunque como imagen puede ser efectiva y efectista, la idea de un terricidio no resiste un análisis crítico. El planeta como tal seguirá allí, hagamos los humanos las barbaridades que hagamos. Y en cuanto a la vida sobre la Tierra, aunque el antropoceno genere extinciones masivas, fenómenos semejantes ya han sucedido en el pasado. De hecho, el 99,9 % de las especies que alguna vez habitaron el planeta se han extinguido. Aunque simbólicamente puede hacernos sentir muy altruistas creer que estamos salvando no solo a nuestra especie, sino a todas las demás, y que hemos dejado atrás concepciones “especistas”, lo cierto es que, hasta donde sabemos, solo nuestra especie es capaz concebir la idea del especismo o el anti especismo. Si no queremos echarnos en brazos del irracionalismo, conviene tener en cuenta que la atmósfera en que habitamos y que hace posible “nuestra” vida, ha sido el resultado de emanaciones tóxicas de especies ya extintas que, precisamente, se extinguieron por modificar la atmósfera en que ellas vivían, haciendo con ello posible que prosperaran otras especies, entre ellas la nuestra. Por consiguiente, sería prudente y sensato hacer a un lado la idea –en el fondo profundamente religiosa– de que debemos ser los salvadores de la “vida en la tierra”, y asumir más modestamente que lo que está a nuestro alcance, como mucho, es prolongar el tiempo en que las condiciones climáticas permitan nuestra vida en este planeta.

Y precisamente, hay quienes creen que lo que se juega es ni más ni menos que la supervivencia de nuestra especie. ¿Exagerados? ¿Alarmistas? Puede ser. Pero en cualquier caso no deberíamos olvidar que son innumerables las especies que alguna vez poblaron nuestro planeta para extinguirse luego. Entre ellas los formidables dinosaurios. La única diferencia entre ellos y nosotros sería que los “dinos” no fueron responsables de los cambios ambientales que provocaron su extinción, mientras nosotros sí seríamos plenamente responsables de las alteraciones que comienzan a poner en riesgo nuestra supervivencia. Sin embargo, incluso las previsiones más catastróficamente colapsistas no parecen suponer que nuestra especie se extinguirá por un aumento de dos o tres grados de la temperatura promedio: se producirán desastres sociales y millones de personas morirían, pero de eso a la extinción hay aún un largo trecho.

Otros investigadores e investigadoras piensan que no está en riesgo la continuidad de nuestra especie, pero sí nuestra actual forma de vida: si no cambiamos a tiempo, nuestra civilización podría sufrir una catástrofe de enorme magnitud, repitiendo a escala gigantesca una experiencia semejante a la de muchas otras sociedades que vieron colapsar sus sistemas socioeconómicos en medio de dramáticos descensos demográficos, cruentos enfrentamientos y crisis mayúsculas. El colapso en este sentido no implicaría la “extinción”, sino quizá un descenso demográfico de gran envergadura, la desaparición o reducción de muchos bienes y servicios ampliamente generalizados, cierta “degradación” cultural y –casi con seguridad– un mundo social más violento e inseguro.

Hay también, claro, entusiastas de las soluciones tecnológicas: no importa qué tan graves sean los problemas, la ciencia y la tecnología siempre hallarán una solución. ¿Se agotan los hidrocarburos? No importa, otras fuentes de energía los reemplazarán. ¿La contaminación destruye el medio ambiente? Tranquilidad, nuestros biólogos crearán bacterias que se “coman” al petróleo derramado, nuestras mentes ingenieriles inventarán formas seguras y eficientes de procesar la basura, la industria genética desarrollará modificaciones que nos permitan adaptarnos a ambientes hostiles. Y así sucesivamente.

Por último, no faltan los “negacionistas”: quienes creen que no hay ningún problema ecológico realmente preocupante, que el cambio climático es un invento, que los combustibles fósiles no se acabarán, etc., etc.

Cabría decir, además, que estos diferentes enfoques no encajan de manera fácil ni mecánica con perspectivas ideológicas, con clases sociales o con grupos identitarios. Hay una derecha “negacionista”, pero hay otra derecha fanáticamente ecologista. Hay burgueses completamente indiferentes a la cuestión ecológica, pero hay innumerables corporaciones capitalistas eco-friendly. Hay obreros y campesinos que militan el ecologismo, y otros a los que les resulta completamente indiferente. Sin embargo, aunque la problemática ecológica sea socialmente transversal, ello no significa, en modo alguno, que sea ideológicamente neutral o carente de contenidos de clase. Lo que sucede, más bien, es que el sentido ideológico o de clase del ecologismo no lo determina el reconocimiento del problema, sino las maneras de abordarlo. Pero como la problemática ecológica es tan polivalente, abarca tantas cuestiones sumamente diversas aunque relacionadas, no se observan en la realidad, ni es dable esperar que se observe en el futuro, alineamientos ideológicos o sociales simples, automáticos o evidentes. Grupos y clases semejantes se escinden y se seguirán escindiendo ante esta problemática.

Panorámica

A grandes rasgos, los principales problemas ecológicos contemporáneos podemos dividirlos en varios grupos: cambio climático, contaminación, desertificación, agotamiento de recursos y pérdida de sustentabilidad.

El cambio climático entraña el aumento de la temperatura promedio, junto a otros desequilibrios ambientales de gran envergadura. Aunque huracanes e inundaciones ha habido siempre, en las últimas décadas se ha registrado un aumento de la cantidad y de la magnitud promedio de unos y otras. El aumento de la temperatura promedio de la Tierra en relación a los parámetros del mundo pre-industrial tendrá consecuencias muy importantes: habrá territorios sumergidos bajo las aguas, los desiertos aumentarán, muchas especies perderán su hábitat natural, etc. Para los seres humanos, un mundo más cálido presentará grandes desafíos. De hecho, ya está implicando el desplazamiento masivo de poblaciones e incluso ya ha habido guerras cuya causa fundamental es el cambio climático.

La contaminación alcanza en algunos países niveles alarmantes. Y es sumamente preocupante a escala global. Partículas de plástico pueden ser halladas en los lugares más remotos del océano. La polución ambiental es una de las cinco principales causas de mortalidad. Los desechos humanos son una de las principales causas de pérdida de bio-diversidad (la otra es la expansión de la frontera agrícola). Los efectos de la contaminación son tan grandes que ya el agua potable es un recurso escaso y valioso: las guerras por el agua quizá reemplacen a las viejas guerras por el petróleo.

El proceso de desertificación tiene dimensiones mundiales: cada día miles de hectáreas de selvas tropicales son taladas para ampliar la frontera agrícola-ganadera, lo que en general conlleva, a los pocos años, la conversión de antiguos ambientes selváticos en verdaderos desiertos (ya ni siquiera aptos para la agricultura o la ganadería por las que se desmontó la selva originaria). Una de las consecuencias más graves de la desertificación, amén de su impacto en el cambio climático, es la reducción a largo plazo de las áreas cultivables. Un típico mecanismo de “pan para hoy, hambre mañana”. O mejor: “grandes negocios para los capitalistas hoy, hambre para el pueblo trabajador mañana”.

El agotamiento de los recursos es ya una realidad palmaria, antes que una posibilidad más o menos lejana. El desarrollo de la megaminería a cielo abierto se relaciona directamente con el agotamiento de las grandes concentraciones de minerales de socavón. Ahora sólo quedan minerales diseminados, para cuya extracción se requiere la destrucción de montañas, el empleo de sustancias contaminantes y la utilización de millones de toneladas de agua sustraída a otros usos, como el consumo humano o el regadío. Por otra parte, es ya evidente la imposibilidad de extender los niveles de consumo de los países industrializados al conjunto del planeta: sencillamente, los recursos disponibles no son suficientes. No hay ninguna duda de que la humanidad experimentará (de hecho ya se ha iniciado) una “transición energética”: el interrogante es quiénes se beneficiarán y quiénes se perjudicarán, y cuán consciente, voluntaria y ordenada, o bien involuntaria y caótica, será la misma.

Para concluir, es hoy en día notoria la falta de sustentabilidad (es decir, de capacidad para reproducirse a largo plazo) de buena parte de las principales actividades económicas contemporáneas. La expansión de nuestras sociedades industriales se consigue devastando áreas naturales (lo que acarrea desastres ambientales), agotando recursos no-renovables (como el petróleo, el carbón o el gas), y generando contaminación y cambios climáticos. La suma de todos estos problemas determina que la economía global contemporánea no sea sustentable: no se puede seguir así de aquí a unas pocas décadas. Esta es una de las razones fundamentales por las que muchos intelectuales consideran que estamos atravesando una verdadera “crisis civilizatoria”.

Una doble paradoja

Aunque estudios serios y reflexiones profundas de carácter ecologista pueden ser hallados en las décadas de los ‘60 y ‘50 (e incluso antes), no sería hasta principios de los ‘70 que la problemática ecológica, la sustentabilidad y los límites del desarrollo cobraran estado público y cierta resonancia política. Pero, podríamos decir, hasta los últimos años del siglo XX se trataba de preocupaciones de minorías sociales y políticas. Su fuerte presencia entre las clases medias y medias/altas de algunos países centrales (un ejemplo claro es el partido verde alemán), facilitó que el movimiento obrero y la izquierda política mayoritaria vieran en el ecologismo una lujosa moda de países ricos. Aunque en esta mirada había mucho de ceguera (y ha habido valiosas experiencias de ecologismo popular, como el representado por Chico Méndez en Brasil), tras la misma se ocultan problemas reales: ¿deben los países pobres renunciar a su propia industrialización en honor a la ecología? ¿Es sensato reclamar a la población asalariada una austeridad ecológicamente motivada en un mundo tan obscenamente desigual?

Como sea, no sería hasta los últimos años del siglo XX y los primeros del siglo XXI que la problemática ecológica fuera vista como un asunto de primera magnitud y atrajera la atención de amplias mayorías en muchos países. De hecho, tras largas décadas de displicencia, hablar pero no hacer, hacer menos de lo acordado y todo tipo de hipocresías, parece evidente que buena parte de las autoridades políticas y de los sectores más concentrados de la clase capitalista han empezado a impulsar al ecologismo a un lugar central, adoptando enfoques catastrofistas y demandando medidas drásticas y urgentes. Y efectivamente: el horno no está para bollos. Acciones radicales y con carácter urgente parecen ineludibles. Cuanto más demoremos en introducir cambios sustanciales, mayores serán los costos sociales e incluso demográficos (se morirá gente, sí). Sin embargo, por preocupante que sea la situación, sería un error perder la calma: ello nos impedirá pensar críticamente y nos arrojará fácilmente en brazos de supuestas soluciones que no son tales, y que incluso podrían agravar la situación.

Aplastados los experimentos auto-denominados socialistas, domesticados los movimientos obreros, instalada la idea de “no hay alternativa”, el capitalismo parecía haber controlado su principal contradicción: el antagonismo capital/trabajo. Sin embargo, y paralelamente, el antagonismo capital/naturaleza se volvía más inmanejable y devastador que nunca. Un sistema económico cuya estructura profunda impulsa y requiere crecimiento económico permanente es insostenible en un planeta finito: ya se ha topado ante claros límites ecológicos. La “cuestión ecológica”, pues, se ha convertido en una de las impugnaciones fundamentales al capitalismo y ha introducido una dimensión agonística a la política contemporánea. Sin embargo, como es obvio, hoy nos enfrentamos a una situación en la que “parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”, a la vez que se escuchan más y más voces que claman que nuestra salvación depende de actuar ya mismo, aquí y ahora. La suma de ambas cosas arroja el resultado de que las medidas drásticas para enfrentar la transición energética y los desafíos del cambio climático son concebidas con independencia del derrocamiento de la clase dominante y la transformación de las relaciones de producción. Se pueden imaginar las medidas más extremas y dispares para enfrentar el cambio climático o la crisis energética: proyectos de “geo-ingeniería”, canje de deuda por naturaleza, cuotas de contaminación, desarrollo de energías alternativas, políticas de decrecimiento, incluso la colonización de otros planetas. Lo único que parece impensable es acabar con el capitalismo.

Hay pues, un ecologismo del capital (Al Gore podría ser un exponente típico), y no faltan las versiones de eco-fascismo: gente que ama a los animales pero desprecia a las que considera otras “razas” humanas, intentos de control autoritario de la natalidad en pos de un equilibrio con la naturaleza, propuestas abiertas o solapadas de dejar a los pobres en la pobreza para no aumentar la huella de carbono, etc. Pero también ecologistas sin conexiones materiales o ideológicas con el capital, e incluso muchas corrientes eco-socialistas, puesto que en general asumen implícita o explícitamente que la transformación revolucionaria del sistema no está a la orden del día, en los hechos acaban muchas veces “ofreciendo” soluciones a los gestores capitalistas, o estableciendo demandas a esos mismos gestores sin aspirar a derrocarlos, desconectando, en fin, las problemáticas ecológicas de la lucha por cambiar el sistema. En el límite, se llega a postular la transformación social como un norte, una idea regulativa, un telón de fondo, pero en la práctica todo se lo hace dentro del sistema y sin vinculación con ninguna estrategia y organización revolucionaria. No faltan razones para esta deriva: debilidad del movimiento obrero, tradicional ceguera de muchas fuerzas de izquierda ante la problemática ecológica, marginalidad de las fuerzas revolucionarias, etc. Pero, por comprensible que esto sea, colabora en la reproducción de las pautas políticas del capitalismo posmoderno: proliferación de demandas parciales (identitarias a ser posible) que no se articulan nunca en un proyecto anti-sistémico. Desconexión, individualismo y particularidad para las masas: el que totaliza y universaliza es el capital.

Diagnóstico: la raíz del problema

Cuando pensadores de la talla de Immanuel Wallerstein sostienen que estamos inmersos en una “crisis civilizatoria” lo que nos están diciendo es que nuestra actual civilización capitalista industrial no es sustentable a largo plazo, e incluso a plazo medio (digamos, unos cuarenta o cincuenta años). Y los problemas ecológicos y ambientales ocupan un lugar central en este diagnóstico: así como vamos no es posible continuar. ¿Pero cuál es el origen de estos problemas? Fundamentalmente un sistema económico-social movido por el lucro privado como principio. La sed de ganancias ha impulsado enormes progresos técnicos, pero su costo ha sido altísimo, no solo para la naturaleza sino también para las personas. Varios siglos de desarrollo capitalista no han atenuado sino más bien acrecentado la desigualdad social, con el agravante de que la esperanza que el desarrollo industrial generara las bases materiales para una sociedad de la abundancia (ya fuera dentro de los marcos del capitalismo o en una sociedad socialista que le habría de suceder) son hoy ilusorias: la escasez de recursos y la crisis ecológica han dado por tierra con estas ilusiones. Nos enfrentamos, pues, ante una dura realidad. Sin embargo ni la sed de ganancias, ni la búsqueda de beneficios privados, ni la innovación tecnológica despreocupada de sus efectos a mediano/largo plazo o de sus consecuencias sociales son el resultado de que nos guiemos por valores equivocados o adoptemos erradas opciones individuales. La idea de que todo podría arreglarse cambiando los “valores” o la conducta individual es obviamente seductora: parece al alcance de cualquiera y se basa en la presunción de que las cosas ocurren de acuerdo a lo que las personas hacen. Pero por seductora que pueda resultar esta manera de pensar, la misma es claramente equivocada. El consumismo capitalista no es resultado de decisiones individuales en el plano del consumo: es consecuencia de un productivismo a nivel macro-social. Desde luego, cada persona puede decidir consumir menos o consumir de manera diferente (por ejemplo alimentos orgánicos), pero esto tendrá un efecto muy limitado, en tanto y en cuanto el sistema requiera una producción aumentada y la publicidad constituya un bombardeo mediático: sólo una minoría podrá escapar. Por otra parte, el productivismo propio del capitalismo no hunde sus raíces, por mucho que lo parezca, en las decisiones individuales de los capitalistas. En realidad, es la estructura misma de las relaciones capitalistas de producción –y su carácter competitivo– la que determina el resultado: los capitalistas que no sean capaces de seguir el tren de las innovaciones más lucrativas desaparecerán de la escena. No es necesario que la mayoría de quienes poseen o administran los capitales sean innovadores compulsivos: basta que una pequeña minoría desarrolle innovaciones para forzar al resto a adaptarse o perecer. Marx tenía muy claro que aunque él no “pintara de rosa a los capitalistas”, la dinámica del sistema no se hallaba determinada por cuán buenos o malos, sensibles o insensibles fueran cada uno de ellos como persona. De allí la necesidad de transformar la estructura misma de las relaciones de producción.

Ahora bien, si el crecimiento económico es una consecuencia ineludible de la economía capitalista (en cuyo marco además el crecimiento lento o el no crecimiento redundan en males sociales como el desempleo) y si el crecimiento infinito es imposible en un planeta finito, parece indiscutible que hay que abolir el capitalismo. Sobre todo, como es el caso, cuando ya está claro que el consumo de recursos y de energías de la actual civilización del capital demanda los recursos de casi dos planetas Tierra (pero sólo tenemos uno), y ello en medio de una pobreza atroz, y en crecimiento. Que no podemos seguir consumiendo los recursos y la energía que consumimos es algo claro. Pero no menos claro es que ese consumo es increíblemente desigual. A quienes hablen de austeridad invocando razones ecológicas habrá que responderles, como proponía Manuel Sacristán hace ya varias décadas: austeridad, desde luego, pero primero igualdad.

¿Capitalismo eco-friendly?

Pretender que las economías capitalistas adopten una fisonomía ecológica parece fantasioso. Los actuales discursos y propaganda “ecológicos” de muchas empresas multinacionales no son más que eso: discursos y propaganda. La realidad es bien distinta. En el fondo el capitalismo es anti-ecológico por naturaleza. Su móvil es la ganancia y su objeto el beneficio, no el cuidado del medioambiente. Su primer y más sostenido impulso es ecológicamente destructivo. Después pueden venir correctivos legales o tecnológicos… pero siempre después. La dinámica es bien clara: el capitalismo genera primero desastres ambientales y sociales, después busca solucionarlos… y, casi siempre, con poco éxito. Sería excesivo, empero, concluir que el capitalismo es absolutamente incapaz de afrontar los problemas ecológicos. Aunque no parece ésta la opción más factible, no se la debería descartar. ¿Pero cuál sería el precio de un “capitalismo ecológico”? No es difícil imaginarlo. En el mejor de los casos se trataría de una sociedad aún más desigual que las actualmente conocidas; con un empleo más asiduo y a mayor escala del poder militar por parte de las potencias para garantizarse el acceso a recursos crecientemente escasos e impedir el uso de estos recursos por los países y las clases pobres, en nombre de la austeridad ecológica; acentuación de los aspectos predatorios de la explotación laboral humana (ya lo vemos en fenómenos como la “uberización”); clases altas viviendo en la opulencia en fortalezas cibernéticas rodeadas de bolsones de pobres a los que se inculca una moral de resignación y se los mantiene pasivos con la fórmula que con todo descaro ofrece Yuval Harari: una combinación de drogas y videojuegos. En el peor de los casos sería una suerte de guerra de todos contra todos. Como fuere, parece indiscutible que, en un marco capitalista, la escasez de recursos y los problemas ambientales llevarán a una mayor desigualdad de los ingresos y a una creciente inequidad en el pago de los costos ambientales. Ante nuestros ojos ya se perfila la división del mundo entre los incluidos y los excluidos en la sociedad de consumo.

La alternativa más razonable, por consiguiente, es imaginar lo que hoy por hoy parece vedado: un radical cambio societario. Una sociedad industrial sustentable (y es imposible, sin una catástrofe humana, salirnos del mundo industrial) debería ser no-capitalista. Pero esto nos coloca ante la necesidad de asumir que se impone no solo un cambio en las relaciones económicas, sino también una transformación sustancial de nuestros valores y de nuestra forma de vida. No podremos avanzar más allá del capitalismo si nuestra vida está orientada por la lógica consumista. Una sociedad industrial sustentable sólo parece posible si la planificación económica va acompañada de un ethos igualitario, una perspectiva anti-consumista, responsabilidad con las generaciones futuras y mesura en el empleo y desarrollo de nuestras capacidades: no todo lo que podemos hacer debemos hacerlo.

Necesitamos, pues, reemplazar la vana búsqueda de la felicidad por medio del consumo por una moral de la auto-realización personal y colectiva. Alterar nuestros valores para que el ser sea más importante que el tener. Pero por importantes que sean los cambios en la conducta individual –hay que insistir en esto– son insuficientes si no se entrelazan con transformaciones de la estructura social. Hay que apuntar, pues, hacia alguna forma de eco-socialismo. Esto no significa, desde luego, ninguna nostalgia por las formas autoritarias (y productivistas) de los socialismos conocidos en la pasada centuria. Entraña, más bien, un compromiso con los principios fundamentales (a veces olvidados) de la tradición socialista: abolición de las clases, igualdad, libertad y planificación social.

A como están las cosas, cambios fundamentales en nuestra forma de vida se tornan imperiosos. Sin embargo, y aunque suene paradójico, para calibrar con sensatez la situación y orientarnos en un mundo cada vez más complejo y crecientemente caótico será necesario, a la vez, radicalidad y mesura. Radicalidad es ir a la raíz. La raíz de la situación ecológicamente desastrosa en que nos hallamos es el desarrollo capitalista: cualquiera sea la variable que observemos (el consumo de energía, la contaminación ambiental, el aumento de las temperaturas, el crecimiento demográfico, el agotamiento de recursos, etc.), todas ellas se disparan desde que el capitalismo advino al mundo y, sobre todo, desde la revolución industrial que este sistema desencadenó. El capital abrió una verdadera caja de Pandora, que será necesario cerrar. Pero no parece posible ni deseable buscar cerrarla sin destruir al capitalismo. Pero también necesitamos mesura: mesura en el consumo, mesura en el desarrollo tecnológico (con mucha atención a las consecuencias no deseadas del mismo), mesura en el análisis de la situación, mesura a la hora de imaginar soluciones a problemas complejos.

El comprensible anhelo de hallar soluciones inmediatas y aparentemente simples a problemas urgentes y complejos (como todos los relacionados con la crisis energética y ecológica) corre el riesgo de favorecer medidas intuitivamente convincentes pero contraproducentes. Y peor aún, un abordaje histérico de estos problemas le allana el camino a las respuestas del capital, cuyos agentes, en nombre de la urgencia, no dudan ni dudarán en aplicar medidas drásticas, en tanto y en cuanto no afecten las ganancias de las corporaciones capitalistas (aun cuando puedan sacrificar a sectores enteros de la propia burguesía).

Lo dramático de la situación requiere acciones de gran envergadura y con cierta urgencia. De ello no hay duda. Pero no se trata de cualquier acción. Y habrá que desconfiar de todas las propuestas emanadas de la clase dominante y de sus administradores estatales. Y lo esencial, ninguna política ecologista puede tener mucha credibilidad en tanto y en cuanto no se proponga el derrocamiento de la clase capitalista. A quienes piensen que puesto que no parece posible en ningún futuro cercano tal derrocamiento, lo único sensato es introducir las medidas necesarias en pos de la transición energética y la disminución de la huella de carbono, se les dirá que si una revolución es imposible, los cambios ecológicos necesarios, dentro del capitalismo, son tanto o más imposibles, o bien tendrán características cuyas consecuencias serán tanto o más nefastas.

Un ecologismo sensato y con sensibilidad humana (hay ecologistas con poca sensibilidad humana, más preocupados por las ballenas que por los hambrientos) debe, pues, asumir un horizonte socialista. Pero con ello no basta: una perspectiva eco-socialista en la que el socialismo es visto como algo lejano para un futuro no menos lejano devendrá casi ineludiblemente en furgón de cola de las propuestas (más o menos hipócritas) de la ecología del capital. Para evitar esta deriva –tan fácil de transitar como inocua en sus resultados– se debe asumir de hecho (y no solo de derecho) una perspectiva revolucionaria que apunte al derrocamiento del sistema del capital en un futuro lo más cercano posible. Un ecologismo intransigente demanda un anti-capitalismo no menos intransigente. Pero, simétricamente, todo socialismo creíble debe colocar a la cuestión ecológica en un lugar verdaderamente central. Ningún sectarismo de una u otra parte es recomendable. Sólo la fusión de los caminos ecologista y socialista dará una oportunidad a la humanidad de vivir un futuro que no sea un infierno.


VER TODOS LOS ARTÍCULOS DE ESTA EDICIÓN
COMENTARIOS
CATEGORÍAS

[Ideas & Debates]   /   [ecologismo]   /   [Revolución Social]   /   [Revolución]   /   [Marxismo]   /   [Ecología]   /   [Internacional]

Ariel Petruccelli

Historiador - Universidad Nacional del Comahue. Autor de Materialismo histórico. Interpretaciones y controversias, Docentes y Piqueteros, Ciencia y utopía en Marx y la tradición marxista y otros libros y artículos sobre problemas de teoría marxista.