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Red Internacional

Nuevos testimonios en el juicio que se lleva a cabo por los crímenes cometidos en las Brigadas de Quilmes, Banfield y Lanús. El secuestro de Claudia y Silvia Gorban, la reconstrucción familiar y el permanente recuerdo para Nilda Eloy.

Jueves 23 de septiembre | 13:51

En el día 41 del juicio por los crímenes de lesa humanidad que lleva adelante el Tribunal Oral Federal N°1 de La Plata, declararon las hermanas Silvia y Claudia Gorban, ambas sobrevivientes de la Brigada de Lanús, centro clandestino de detención conocido como “El Infierno”. Ambas son hijas de Miryam Kurganoff, reconocida intelectual, una de las creadoras del concepto de soberanía alimentaria, que también se encontró privada de la libertad durante la última dictadura cívico militar eclesiástica.

La primera en brindar su testimonio fue Silvia, secuestrada en noviembre de 1976 en su domicilio de Lomas de Zamora junto a su esposo, Osvaldo Enrique Lapertosa, estando embarazada de siete meses. Ella tenía 24 años y era estudiante de Medicina. Su esposo, de 26 años, trabajaba en la fábrica Basa.

En su preciso relato, mencionó la violencia con que los represores ingresaron a su domicilio: “Nos ponen contra la pared, nos revisan los roperos, los libros, robándose cosas”. Silvia narró que, al preguntar dónde los llevarían, le pegaron una patada, cayendo por la escalera. En el traslado de ambos hacia la Brigada de Lanús fueron tabicados y con las manos atadas a la espalda.

Seguí la cobertura del juicio por La Izquierda Diario

Una vez en el “El Infierno” fueron llevados a un calabozo de dos metros cuadrados. La sobreviviente relató las torturas recibidas allí: “Una sola vez nos sacaron al baño, las siguientes veces había que orinar ahí dentro del calabozo, y los otros detenidos nos decían que había que arrastrar el orín hacia afuera”, recordó con gran angustia. Silvia mencionó que su esposo, fallecido en 2012, sufrió torturas: "Son esas cosas que poco se hablaron y que 40 años después cuesta traerlas a la memoria", afirmó entre lágrimas.

A los pocos días de su secuestro, fueron liberados. "Nos dijeron que había sido un error, que nos iban a soltar, pero que no nos mudáramos porque nos iban a esatr vigilando". Silvia Gorban finalizó el testimonio deseando que “esto llegue a buen fin y se haga justicia, por los que no están, por los que todavía extrañamos, para que esto nunca más vuelva a suceder en nuestro país”.

En segundo término, prestó declaración Claudia Gorban, secuestrada en la misma fecha que su hermana. Tenía 21 años al momento de su secuestro y trabajaba en la Secretaría comercial de la embajada de Cuba, trabajo del cual se ha sentido orgullosa: "Como militante comunista fue la posibilidad de sentir que estaba sirveindo a la revolución". Allí conoció a Ramón Lucio Pérez, "Moncho"; quiera fuera secuestrado el 9 de noviembre de 1976. Para el 25 del mismo mes, un operativo de fuerzas conjuntas irrumpieron en su domicilio. "Me vienen a buscar a mí", les dijo a sus secuestradores.

Claudia Gorban brindó un testimonio profundo, lleno de detalles, como el recorrido que hizo el auto que la llevó a la Brigada de Lanús. Recordó con dolor la muerte de un joven a raíz de una crisis asmática. Manifestó su voluntad de conocer “quién es el que murió, para decirle a su familia qué día murió su hijo, que por él se rezó un padrenuestro. Que sepan que murió y dónde, esas respuestas que tanto buscamos. Necesitamos poner nombres, apellidos e historias para que dejen de ser NN”.

Fue interrogada sobre su trabajo y su vínculo con Moncho Pérez, como también por la familia Santucho. Declaró no haber sido torturada con picana eléctrica. Uno de los guardias le manifiesta: "Tuviste suerte, gente muy importante pidió por vos". Luego supo que varias empresas automotrices con las que mantenía contacto por su trabajo en la embajada, se habían reunido en Cancillería y habían pedido por ella.

La testigo contó que la única vez que le dieron de comer, le sirvieron mate cocido con pan duro; su osadía, la instó a pedir otra cosa, a lo que recordó lo que le dijo su compañera de calabozo: “No seas estúpida, tomá lo que te dan, quizás sea la única cosa que tomes de acá a mucho tiempo”.

El día de su liberación, esa misma compañera también le advirtió sobre las prácticas de uno de los guardias: “No tengas miedo, este guardia te va a sacar, te va a llevar frente a la pileta, te va a desnudar, te va a ofrecer bañarte, te va a dejar que te bañes y él te va a ofrecer enjabonarte la espalda. No te preocupes, es lo único que te va a hacer”.

Esa compañera era Nilda Eloy. Como sucede en los testimonios prestados por las víctimas de este juicio, Claudia la recordó con inmenso cariño y admiración por la entereza que tuvo Nilda entre tanta crueldad: “Ella estaba conmigo en todo momento era guiar, acompañar”, agregando que “sentía que era un hada madrina ahí adentro, tenía una fortaleza muy especial”.

Cuando Claudia declaró en los Juicios por la Verdad, se reencontró con Nilda Eloy, gracias al "tecito con limón": “Dijo que no se acordaba el nombre de la estúpida que andaba pidiendo tecito con limón, en lugar de mate cocido. Yo lo contaba con pudor, porque me daba vergüenza haber sido tan ridícula en esas circunstancias, pero la realidad es que esa ridiculez fue la que le sirvió a Nilda para identificarme”.

Claudia agradeció la militancia de Nilda que posibilitó el desarrollo de estos juicios por crímenes de lesa humanidad, y a la lucha de Madres y Abuelas. Para cerrar, la testigo tomó palabras que su padre le dijo a sus 15 años y envió un mensaje a la juventud: “De la misma manera que mi padre me dijo a los 15 años que no me olvide que mis bisabuelos fueron cremados en los campos de concentración nazis, hoy le pido a mis hijos, a mis sobrinos, que no se olviden que estuvieron los campos nazis y que tuvimos los campos en Argentina”.




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