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Red Internacional

Escritoras latinoamericanas. Rosario Ferré: una creadora de terror entre tabúes sexuales y religiosos

El 28 de septiembre se cumplió un nuevo aniversario de su nacimiento en Puerto Rico en el año 1938. La escritura fue un vehículo de expresión a favor de la liberación femenina. Sus cuentos de terror no dejan de atemorizar, incluso con la luz prendida. Leámosla.

Empecemos presentándola para quienes no la han descubierto aún y recordándola para los demás. No hay mayor exactitud que asegurar que Rosario Ferré estaba obsesionada por las mentes atribuladas de sus personajes, víctimas de pasiones violentas, extrañas obsesiones y enfermedades. Todas estas aberraciones explotan en medio de una vida aburrida y sin complicaciones en las ciudades provinciales puertorriqueñas.

Rosario Ferré Ramírez de Arellano escribió cuentos de esos que te obligan a levantarte del asiento y abrir la puerta o dejarla entreabierta. Primero fue “Papeles de pandora” ( 1976) y luego vendrían decenas de cuentos, poemas y ensayos. Añade el cuento "La casa invisible" en la edición de 1979. En 1977, publicó su primer libro de cuentos infantiles, El medio pollito, y en 1981 dos más, Los cuentos de Juan Bobo y La mona que le pisaron la cola. Juntó todos los cuentos para niños en un tomo, publicado en 1989, llamado Sonatinas.

Nació en Ponce, Puerto Rico, el 28 de septiembre de 1938. A los trece años, se mudó a Wellesley (Massachusetts), donde asistió a la Dana Hall School y obtuvo un Bachelor of Arts en inglés y Francés en el Manhattanville College. En 1970 fundó la revista Zona de Carga y Descarga junto a Olga Nolla. En 1974, 1992 y 2009 recibió distintos premios y doctorados en literatura. Empezó a escribir profesionalmente a los 14 años, publicando artículos en el periódico El Nuevo Día de Puerto Rico.

Sí, un recorrido interesante y académico para una mujer hija de industriales adinerados: su padre fue gobernador en 1971 y de su madre recibió una importante herencia cuando todavía era muy joven. Sus historias tienen acento crítico a la burguesía empresarial, cañera, explotadora. Aunque también cargó sus tintas contra las costumbres conservadoras que sufrían las mujeres. La llaman anarquista, pornográfica y traidora a su clase social, por escribir ensayos y ficción en los que sus protagonistas muestran el maltrato hacia las mujeres.

Emma Barrandeguy, en su texto Andamio, refiere a las costumbres de las familias ricas y conservadoras como sostenidas sobre fachadas de casas que ocultan sus fisuras: “la construcción está bien revocada y las posibles grietas se han tornado, para los demás, invisibles”, más pesan para quienes viven allí. Y caen con más fuerza sobre las espaldas de las mujeres, como las voces en las historias de Rosario Ferré.

Un poco sobre Papeles de pandora

Esta obra literaria no se entendería completamente sin conocer la historia de Puerto Rico, que va muy unida a la autora. Me atrevo a decir, además, que sus narraciones tienen algo de autobiográfico por algunos detalles que trataré de aclarar brevemente. En este país, un contexto de riquezas terrenales codiciadas por España, Inglaterra, corsarios, terratenientes, EEUU y especuladores de todo tipo; con esclavos y descendientes de esclavos, una población aborigen diezmada por el yugo colonial, multiétnico y patriarcal. Donde tener la piel clara era símbolo de pureza de raza y moneda de cambio para matrimonios concertados; donde la cultura indígena se susurraba por la esquinas mientras la Coca-cola y los Cadillacs eran símbolo de modernidad y estatus social. Una crítica al machismo imperante, a la sociedad engullida por la putrefacción, con una personalidad isleña y caribeña muy marcada.

La muñeca menor/ Imagen: Pluma Suma

De porcelana, insectos y cuerpos maltratados

“El médico que la examinó aseguró que no era nada, probablemente había sido mordida por una chágara viciosa. Sin embargo, pasaron los días y la llaga no cerraba. Al cabo de un mes el médico había llegado a la conclusión de que la chágara se había introducido dentro de la carne blanda de la pantorrilla, donde evidentemente había comenzado a engordar”. Así comienza el cuento La muñera menor de Rosario Ferré. La protagonista es una joven y bella mujer que es destinada a vivir escondida con un insecto dentro del cuerpo. Un insecto que crece a medida que corren los años.

Ella representa las generaciones pasadas y la mujer que vive debajo de las reglas sociales hacía mucho tiempo. Su situación de vivir en un cañaveral como mamá soltera para las niñas de su hermana refleja un papel muy antiguo de la mujer: cuidadora.

Vestidos de broderí almidonados, festejos en grandes salones con candelabros, tul, pianos en las casa de familias cañeras que se enriquecieron a costa de la explotación de campesinos. Y entre tanto ostentación, la condena de las mujeres a ser controladas y exhibidas. “Por aquella época la familia vivía rodeada de un pasado que dejaba desintegrar a su alrededor con la misma impasible musicalidad con que la lámpara de cristal del comedor se desgranaba a pedazos sobre el mantel raído de la mesa”

En este cuento las reglas de la sociedad pasan a otra generación con la relación entre la niña menor y el hijo del doctor, quien es un médico también. El hijo ve la pantorrilla de la tía y dice, "El joven dejó caer la falda y miró fijamente al padre. Usted hubiese podido haber curado esto en sus comienzos, le dijo. Es cierto, contestó el padre, pero yo sólo quería que vinieras a ver la chágara que te había pagado los estudios durante veinte años". En este momento el hijo entiende que su padre ha explotado a la mujer, pero no sintió la culpa de que el padre hubiera podido curarla antes. Ella y su vida fue limitada por el doctor viejo, los hombres de la generación antigua, para pasarla al próximo hombre, su hijo, la próxima generación de hombres.

Música para acompañar la lectura:

Fragmento (se puede leer completo acá)

La tía vieja había sacado desde muy temprano el sillón al balcón que daba al cañaveral como hacía siempre que se despertara con ganas de hacer una muñeca. De joven se bañaba menudo en el río, pero un día en que la lluvia había recrecido la corriente en cola de dragón había sentido en el tuétano
de los huesos una mullida sensación de nieve. La cabeza metida en el reverbero negro de las rocas,
había creído escuchar, revolcados con el sonido del agua, los estallidos del salitre sobre la playa y
pensó que sus cabellos habían llegado por fin a desembocar en el mar. En ese preciso momento
sintió una mordida terrible en la pantorrilla. La sacaron del agua gritando y se la llevaron a la casa en
parihuelas retorciéndose de dolor.

El médico que la examinó aseguró que no era nada, probablemente había sido mordida por una
chágara viciosa. Sin embargo, pasaron los días y la llaga no cerraba. Al cabo de un mes el médico
había llegado a la conclusión de que la chágara se había introducido dentro de la carne blanda de la
pantorrilla, donde había evidentemente comenzado a engordar. Indicó que le aplicaran un sinapismo
para que el calor la obligara a salir. La tía estuvo una semana con la pierna rígida, cubierta de mostaza desde el tobillo hasta el muslo, pero al finalizar el tratamiento se descubrió que la llaga se había abultado aún más, recubriéndose de una substancia pétrea y limosa que era imposible tratar de remover sin que peligrara toda la pierna. Entonces se resignó a vivir para siempre con la chágara
enroscada dentro de la gruta de su pantorrilla.

Había sido muy hermosa, pero la chágara que escondía bajo los largos pliegues de gasa de sus faldas la había despojado de toda vanidad. Se había encerrado en la casa rehusando a todos sus
pretendientes. Al principio se había dedicado a la crianza de las hijas de su hermana, arrastrando por
toda la casa la pierna monstruosa con bastante agilidad. Por aquella época la familia vivía rodeada de
un pasado que dejaba desintegrar a su alrededor con la misma impasible musicalidad con que la
lámpara de cristal del comedor se desgranaba a pedazos sobre el mantel raído de la mesa. Las niñas adoraban a la tía. Ella las peinaba, las bañaba y les daba de comer. Cuando les leía cuentos se
sentaban a su alrededor y levantaban con disimulo el volante almidonado de su falda para oler el
perfume de guanábana madura que supuraba la pierna en estado de quietud.

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